La geografía del desarrollo desigual

Neil Smith

neil

 …El marxismo no es el puntero de un maestro

elevándose por encima de la historia, sino un

análisis social de los caminos y medios del proceso

histórico que está llevándose a cabo

Leon Trotsky

El concepto de desarrollo desigual es un enigma en la teoría marxista. Fue enérgicamente desarrollado por Trotsky en relación a la revolución permanente pero también tomado por Stalin para propósitos opuestos. Rápidamente codificado como “ley” en la década de 1920, se transformó en arcano, sólo para ser desempolvado cautelosamente varias décadas después. Una réplica útil para poner fin a la polémica, “la ley del desarrollo desigual (y combinado)” fue sometida a un análisis con una llamativa falta de seriedad. Mientras que es importante conocer esta historia, es incluso más importante desarrollar la teoría del desarrollo desigual en un modo que nos ayude a entender el mundo actual. En la medida en que es apenas una exageración decir que el “desarrollo desigual” llegó a significar todo para todos los marxistas, la tarea más urgente hoy parece ser el desarrollo de las bases analíticas para el concepto. De acuerdo con esto, como una contribución a este esfuerzo colectivo, quiero intentar aquí hacer varias cosas: primero, discutir brevemente cómo y por qué el concepto de desarrollo desigual se transformó en arcano; segundo, ampliar el concepto desde sus orígenes específicamente políticos; y tercero considerar en qué consistiría una teoría del desarrollo desigual en los albores de una globalización del capital que supuestamente desafía la coherencia de las economías nacionales.

 

El bueno, el malo y el arcano

La discusión de Trotsky sobre el Desarrollo desigual y combinado se desprendió de su teoría de la Revolución Permanente. La última teoría, desarrollada al calor de las revoluciones rusas de 1905 y 1917, insistía en que ninguna teoría etapista de la historia determinaba la transición al socialismo, y que, a pesar de las expectativas de muchos marxistas, una revolución antizarista en Rusia, donde el proletariado estaba subdesarrollado pero la burguesía lo estaba aún más (y ciertamente demasiado débil políticamente como para gobernar), no estaba condenada a pasar por una etapa capitalista predeterminada. En cambio, la alianza estratégica de obreros y campesinos –quienes dominaban numéricamente, cuyas quejas eran poderosas y estaban a punto de estallar, pero cuya fragmentación crónica, argüía Trotsky, los imposibilitaba para liderar la revolución- podría llegar a la victoria. Contrariamente a la mayoría de las expectativas, la revolución no necesariamente estallaría primero entre las más desarrolladas clases obreras de Europa Occidental y Norteamérica, sino tal vez, como Lenin diría más tarde, golpearía primero en el eslabón más débil. El desarrollo del socialismo era desigual, insistía Trotsky, con respecto a determinado evolucionismo histórico que perneaba mucho a la teoría marxista en esos días (La acusación de Stalin era precisamente que Trotsky estaba tratando de “saltar etapas necesarias de la historia”).

En vez de proceder en etapas relativamente separadas, la revolución sería más bien un evento arrollador, sostenía Trotsky, desde un control democrático de una forma de gobierno inicialmente burguesa, a la dictadura del proletariado, aliado con el campesinado. El desarrollo político no era simplemente desigual, en consecuencia, sino “combinado”, en el sentido de que ningún país, y seguramente no la “atrasada” Rusia, podría llegar al socialismo por si sólo. El desarrollo desigual, resumiría luego, “se revela con más agudeza y complejidad en el destino de los países atrasados” quienes ante “el látigo de la necesidad externa” están “obligados a pegar saltos”. El desarrollo desigual en consecuencia engendra otra ley “que a falta de un nombre mejor, podemos llamar desarrollo combinado…” (Trotsky 1962). Como baluarte ante la teoría estalinista del “socialismo en un solo país” (Trotsky 1962), la teoría del desarrollo desigual y combinado se transformó así en el sostén de la teoría de la que había nacido en primer lugar –la teoría de la revolución permanente.

El desarrollo desigual (y combinado) empezó, antes que nada, como un concepto político desplegado para analizar y evaluar las posibilidades y trayectorias de la revolución. Fue fabricado en las batallas políticas del socialismo revolucionario en las primeras tres décadas del siglo XX y en la historia específica de Rusia y la URSS. Es curioso, dada la prioridad conceptual inversa entre revolución permanente y desarrollo desigual, que en los círculos trotskistas la primera teoría sobrevivió como, tal vez, su contribución fundamental a la teoría marxista, mientras sus bases fundamentales, la noción del desarrollo desigual, cayó en una relativa oscuridad. Solo reapareció como un objeto de interés analítico varias décadas después, tiempo en el que hubo poco desacuerdo en el espectro del pensamiento marxista con que el “desarrollo desigual” representaba una ley universal. “La ley del desarrollo desigual”, de acuerdo a Ernest Mandel, “que algunos desearon restringir sólo a la historia del capitalismo, o aun meramente a la etapa imperialista del capitalismo, es… una ley universal de la historia humana” (1962:91). Louis Althusser aumentó la apuesta universalista cuando nos dice, con una exuberancia casi cósmica, que la “ley del desarrollo desigual… contrariamente a lo que se suele pensar… no concierne sólo al imperialismo, sino a ‘todo en el mundo’” (Althusser 1975:200-1). La “gran teoría de la desigualdad no tiene excepciones… porque no es ella misma una excepción” sino más bien “una ley primitiva, con prioridad sobre… casos particulares” el desarrollo desigual “existe en la propia esencia de la contradicción” (Althusser 1975:212-13). Para Mao, de quién Althusser escribe aquí, la ley del desarrollo desigual es esencial porque “nada en este mundo se desarrolla absolutamente parejo” (Mao 1971:117).

El desarrollo desigual, primero concebido por Trotsky como una condición empírica en Rusia que necesitaba la teoría de la revolución permanente, fue convertido a mitad de siglo en una ley universal para justificar toda posición política. Stalin marcó el camino al sacarle al “desarrollo desigual” todo contenido, y la derrota política de Trotsky y la brutal consolidación en el poder de Stalin, la subsiguiente guerra mundial y eventualmente la guerra fría, todo ayudó a marginar toda amplia preocupación analítica o política del concepto. Igual Trotsky no está libre de culpa. Él también apeló a la “ley universal de la desigualdad” como “la ley más general del proceso histórico” (Trotsky 1977:27). Pero el efecto del estalinismo fue más decisivo y personal: Mandel registra en alguna parte que varios manuscritos de principios de los ’20 sobre desarrollo desigual fueron destruidos por Stalin, para que nunca fueran encontrados, y sus autores fueron víctimas de sus primeras purgas. La supresión de semejantes ideas hizo retroceder varias décadas a la teoría marxista.

El pretendido universalismo del concepto fue crucial en el retroceso del desarrollo desigual como una teoría coherente durante gran parte del siglo XX., y francamente llegó a representar una vergüenza conceptual y teórica en la tradición marxista. Una ley que explica “absolutamente todo” no explica nada, y el hecho de que nada “se desarrolla de forma pareja”, usado como justificación filosófica para semejante ley, la reduce a la trivialidad. Con tanta pretensión, no nos dice nada específico sobre el capitalismo, imperialismo, o de la reestructuración presente del capitalismo. Históricamente “el desarrollo desigual” se hizo arcano precisamente porque, más allá del calor de la polémica que generó y mantuvo, no tiene una utilidad explicativa real. El punto aquí no es golpear sobre figuras políticas o intelectuales pasadas, menos quedarse en debates pasados, sino aprender de la degeneración del concepto, recoger los trabajos más recientes que son mucho más prometedores, y lo más importante, usar este diagnóstico para delinear alternativas.

Un resurgimiento de la teoría del desarrollo desigual tuvo lugar en los ’70 y ’80. Algunos de estos trabajos continuaron los debates del período anterior (Löwy 1981; Molyneux 1981), pero algunos, durante 1968 y las distintas revueltas por la liberación nacional alrededor del mundo, aún reconociendo que la situación revolucionaria de principios de siglo no estaba en la agenda en sus últimas décadas, pusieron el foco en la economía política del desarrollo desigual. Sin sorpresa el trabajo resultante fue ecléctico, yendo de la teoría de la dependencia en América Latina a las del desarrollo desigual en África y Europa (Frank 1967; Emmanuel 1972; Amin 1976), hasta la geografía política y económica del desarrollo desigual (Smith 1984). Que la últimas teorías no hayan estado atadas a los problemas específicos de la revolución rusa de seis o siete décadas antes, sino que hayan puesto sus energías en las luchas antiimperialistas de su época y en la sed de conocer la dinámica específica del desarrollo desigual capitalista, fue para mejor. Hubo suficiente éxito en que, mientras muchos marxistas y teóricos, radicalizados en los ’60 y ’70, se reagrupaban en la academia durante este período, la rúbrica del desarrollo desigual se volvió sino familiar nuevamente, al menos de moda. Desde 1970, una poderosa tradición marxista en la geografía fue especialmente exitosa en reubicar las preguntas del desarrollo desigual, y el concepto es parte del lenguaje común de esta disciplina. Ciertamente se pagó un precio por el redescubrimiento académico del desarrollo desigual a tal grado que en algunos círculos involucra un mayor o menor desprendimiento de cualquier tipo de política marxista. Sin embargo las ganancias dentro de la teoría marxista incluyeron, centralmente, una distancia del callejón sin salida de la polémica de principios de los ’20 y, más positivamente, una visión dentro del proceso que creó las desiguales políticas económicas y geográficas de las que se tuvo que aferrar la teoría de la revolución permanente de Trotsky. Hay indicios de tal concepción ampliada del desarrollo desigual en los varios escritos pre y peri revolucionarios de Lenin (1975, 1977) y Luxemburgo (1968) concernientes al imperialismo y la necesidad de colonias, y Mandel (1962, 1975), a pesar de ver el desarrollo desigual como una ley universal, empezó tempranamente a hablar directamente, como nadie más lo había hecho, sobre la más amplia dimensión económica y geográfica del desarrollo desigual. El florecimiento de la teoría del desarrollo desigual, aún en su versión más académica, presenta una oportunidad política.

 

Espacio y política: Más allá de la nota al pie de Marx

En una famosa nota al pie en el tomo I de El Capital, Marx dice lo siguiente:

A fin de examinar el objeto de nuestra investigación en su integridad, libre de toda molesta circunstancia subsidiaria, debemos tratar a todo el mundo como una sola nación, y asumir que la producción capitalista está establecida en todos lados y se ha apoderado de cada rama de la industria. (1967:581)

Esta abstracción de las diferencias entre los distintos lugares y experiencias fue vital en tanto el objetivo amplio era una crítica analítica a las contradicciones del capitalismo en su esencia; el poder de su análisis hubiese sido imposible de otra forma. No es accidental, por consiguiente, que en una era de autodenominada globalización, cerca de un siglo y medio después, Wall street tropiece de vuelta con Marx (Cassidy 1997) como el primer diagnosticador del sistema que proporciona sus mansiones, yates y su poder político. Pero la abstracción de Marx también limitó la aplicabilidad de la teoría. En particular desespació y destemporalizó el desarrollo del capitalismo, y proveyó pocos indicadores para lidiar con las diferencias sociales, políticas y económicas a través del espacio. Aún las concepciones de la espacialidad o su aparente ausencia, pueden tener implicaciones políticas profundas. Francamente una teoría que desvela el funcionamiento interno del capitalismo, es un sine qua non del análisis político, pero sin una elaboración apropiada y matizada, puede ser un arma sin filo para evaluar el funcionamiento actual del capitalismo o para decidir qué debe hacerse –tanto en 1905 como un siglo después.

Diferencias histórico geográficas significativas, en formas y niveles del desarrollo del capitalismo, produjeron precisamente los enigmas a los que Trotsky, Lenin, Luxemburgo y muchos otros se vieron en la necesidad de hacer frente en sus discusiones sobre el imperialismo, colonialismo y desarrollo desigual. Para Luxemburgo era imposible comprender la reproducción del capitalismo sin situar un “exterior” al capitalismo, una fuente no capitalista de trabajo así como de mercados: “La acumulación del capital se vuelve imposible desde todo punto de vista sin alrededores no capitalistas” (Luxemburgo 1968:365). Lenin era más circunspecto, pensando al capitalismo no tanto como un juego geográfico de suma cero. La proliferación del colonialismo europeo, que “ha completado el reparto de los territorios desocupados en nuestro plantea” (Lenin 1975:90), no necesariamente implicaba el fin del capitalismo, él insistía, pero era probable que llevara a una “redivisión” y reestructuración interna del poder colonial. Para Lenin, en otras palabras, ya no había un “exterior” al capitalismo. Más bien, el poder de la reorganización interna encontró un significado supremo.

Este no es sólo de interés académico. Hardt y Negri (2000) recientemente declararon el descubrimiento de esta pérdida de un “exterior” en la era actual. En una veta similar, desde una posición política diametralmente opuesta, Ellen Meiksins Word (2003:127) argumenta que “Estamos aún por ver una teoría sistemática del imperialismo diseñada para un mundo en el que todas las relaciones internacionales son internas al capitalismo y gobernadas por los imperativos capitalistas”. Pero unas siete u ocho décadas atrás Lenin ya tuvo esa perspectiva en vista, y la discusión reconocidamente inspirada políticamente de Trotsky sobre el desarrollo desigual iba en el mismo sentido (este era el único propósito de su insistencia en el desarrollo tanto combinado como desigual –una calificación que hoy ya no es necesaria a tal punto como lo está implícita, dado por seguro). Más aún, geógrafos burgueses, desde el imperialista liberal británico Halford Mackinder, hasta el norteamericano Isaiah Bowman ya al Alemán Alexander Supan (que cita Lenin), eran todos explícitos respecto a que la expansión territorial del capitalismo había llegado a su fin y de que el mundo se enfrentaba a un “sistema político cerrado” como lo describió Mackinder. Escribiendo meses antes de la revolución de 1905 y deResultados y Perspectivas de Trotsky, Mackinder (1904) comprendió las consecuencias en un pasaje famoso: “Cada explosión de las fuerzas sociales, en vez de disiparse en un circuito circundante de espacio desconocido y caos bárbaro, volverá a resonar con agudeza desde los rincones lejanos del planeta…”[1]

Este período, digamos desde 1898 hasta 1917, fue testigo del nacimiento del desarrollo desigual apropiado en la economía política global. La desigualdad geográfica ya no podría ser pasada por alto como un accidente de la geografía histórica, el resultado de estar fuera del proyecto de la civilización, un problema de haber sido simplemente dejado atrás por el capitalismo “moderno”. La dinámica de la desigualdad era ahora crecientemente reconocida como interna a la propia dinámica del capitalismo; el mismo lenguaje de la civilización y el atraso empezó a desvanecerse en su propio misterio, no por alguna moralidad política recién encontrada entre las clases dirigentes europeas, sino por el reconocimiento forzado por las revueltas alrededor del mundo de que la distinción en sí misma era obsoleta. Cualquier remanente histórico de sociedades pre capitalistas que haya sobrevivido –y sobrevivieron manifiestamente en grandes rincones del mundo así como en pequeños enclaves- estaban ahora envueltos, apropiados y soldados en el seno un capitalismo mundial más amplio. La desigualdad ahora emanaba primariamente de las propias leyes del capitalismo en vez de la arqueología del pasado social y de la diferencia geográfica. La insistencia de Mao de que “nada se desarrolla de forma pareja” representaba, en esos días, una abstracción desesperada contra la realidad de que aún su propia revolución basada en el campesinado era eventualmente incapaz de detener.

Que el histórico punto de ruptura en la historia del capitalismo alcanzado en este período es, en su mayoría, dejado de lado –debido no solo al destino de la teoría del desarrollo desigual como una víctima del estalinismo, y su absurda universalización desde varios lados, sino también a la sensibilidad de la geografía política que ligó figuras tan disímiles como Lenin y Mackinder, y ciertamente Cecil Rhodes (con su famosa ligazón de la pobreza del este de Londres con la necesidad del imperialismo)- también se perdió, o más bien se sumergió. Esta “Geografía perdida” tiene causas complejas (Smith 2003:ch. 1), pero se mantiene muy viva en estos días en las formulaciones de Hardt y Negri y de Wood, entre muchos otros. La pérdida de sensibilidad geográfica fue simultáneamente una pérdida de sensibilidad política; la desespacialización facilitó cierta despolitización, en tanto la fuente del poder tanto local como global, el objetivo político de la revolución socialista, perdió toda definición espacial. El propósito del “socialismo en un solo país” fue parte de este proceso. Tomó a la Revolución Rusa, que era transnacional, y a los amplios levantamiento urbanos de 1919 que estallaron a su paso –desde Berlín, Munich, Budapest, hasta Seattle, Winnipeg y Amritsar, India- y los colapsó dentro de un imaginario unidimensional nacional de futuras posibilidades. El lenguaje de la geopolítica de los ’30 y las geografías binarias de la guerra fría aplanaron aún más la comprensión predominante del desarrollo desigual y todo sentido geográfico de la política en un tablero basado en una mentalidad nacional.

Giovanni Arrighi (1994), en contraste, ha sencillamente reconocido semejante ruptura histórica en términos de un cambio de un mundo con centralidad británica a uno norteamericano, y esto es ciertamente correcto. Pero este cambio puede ser aún más grande. El poder del imperialismo europeo ciertamente involucraba poder militar en alta mar –el control del comercio- pero crecientemente dependía del control del territorio colonial. El imperialismo norteamericano que le sucedió en el siglo XX fue en gran medida no colonial, mucho menos territorial y más basado en el mercado. La victoria del poder geoeconómico sobre el geopolítico nunca fue absoluto, desde luego, como lo atestigua la proliferación actual de la guerra en medio oriente, pero las clases gobernantes de EEUU empezaron a darse cuenta, inmediatamente después de 1898, que la expansión geográfica ya no era una garantía o aún un medio plausible para la expansión económica. Nunca se renunció a los cálculos geopolíticos, pero fueron significativamente marginados a favor del cálculo económico, que llevó a dominar al neoliberalismo bajo el poder de EEUU.

Si la desespacialización engendra cierta despolitización, el corolario también semantiene, y una teoría del desarrollo desigual apropiada para el siglo XXI debe tomar esto a pecho. El mundo es muy diferente de cómo lo era un siglo atrás, y la suposición de que las economías nacionales y los estados nacionales son el principio y el fin del desarrollo desigual, necesita ser completamente revisada. Aquí el argumento no es para nada que la globalización transformó en obsoletos a los estados naciones; semejante conclusión es absurda. Pero sí sugiere que cualquieras sean los caprichos del poder de escala nacional, hoy ya no estamos en un período de ascenso completo del poder nacional. Por un lado, el poder económico de los estados nacionales es de lejos diferente a su poder político, y por el otro lado la hegemonía intimidante del estado norteamericano es una bestia muy diferente al del poder de Bostwana o Escocia. Las nuevas formas de reestructuración global durante este último momento de la ambición global de EEUU, han alterado dramáticamente las relaciones entre las distintas escalas en las que el poder es ejercido –global, nacional, regional, urbano y en adelante.

La cuestión de la escala es especialmente importante aquí (Smith 1995; Herod y Wright 2002; Swyngedouw 2004). No hay nada dado sobre la escala del poder; más bien en tanto las escalas en las que se manifiesta el poder mismo, son ellas mismas el resultado de la lucha política, la creación de la escala es altamente política. La escala del estado nación es también altamente contingente en la historia y el resultado de luchas multifacéticas. La discusión del desarrollo desigual de las primeras décadas del siglo XX, no sin razón, daban por hecho que el estado nacional representaba la escala necesaria, sino la única, posible de análisis. Esto a pesar del énfasis puesto, al menos por Trotsky, en el proletariado urbano. Hoy, sin embargo, cualquier teoría del desarrollo desigual no tiene tantos lujos y tiene que cubrir no sólo la escala nacional política y económica, sino también el proceso de reestructuración económica, los movimientos políticos y las revueltas culturales en las escalas subnacionales –La urbana, la regional y (como nos ha enseñado el feminismo), la escala del grupo familiar- y simultáneamente la escala internacional. Más allá de que todos los estados nacionales mantienen un masivo poder político, cultural y en algunos casos militar, ya no se mantienen sin rivales como sostén de la economía política social global. Hoy vivimos en un mundo de gobierno incipientemente global (FMI, BM, ONU, OMC, etc.), organizado en bloques internacionales (UE, MERCOSUR, Asean, NAFTA) y, por el contrario, la creciente devolución a la escala urbana de funciones sociales reproductivas, entro otras. Todos estos desarrollos se han transformado en objetivos de la lucha política, de Porto Alegre, a Timor del Este, de Chiapas al movimiento no-global. Una teoría contemporánea del desarrollo desigual debe tener la teoría de la economía política adecuada para poder tener en cuenta estas y otras luchas.

 

La economía política del desarrollo desigual

Una teoría contemporánea del desarrollo desigual encuentra su punto de partida en Marx, no en el oscuro hallazgo de escritos inéditos sino en el mismísimo texto aparentemente abstraído de diferencias espaciales y temporales –El capital- en primer lugar, y en la marcada distinción entre el valor y el valor de uso de las mercancías, especialmente de la mercancía fuerza de trabajo. El razonamiento que sigue es en cierta medida abstracto y esquemático, pero inevitable[2].

El capitalismo se distingue de otros modos de producción de muchas maneras, pero lo central es la incesante diferenciación y rediferenciación del trabajo concreto bajo el impulso de los requerimientos sistémicos de la acumulación de capital. Al mismo tiempo el capitalismo se caracteriza por la conversión avara de los valores de uso en valores, mediante la aplicación de trabajo asalariado, y esto a su turno provee de una medida de comparación en el mercado para mercancías con características físicas y cualitativas diferentes –zapatos contra acero contra impresión de publicidad contra flete al mercado. Esto conduce a lo que Marx llamó la “tendencia universalizadora del capital”. La ley del valor en el capitalismo es por lo tanto construida sobre una contradicción esencial entre, por un lado, una tendencia constante a la diferenciación basada en la división del trabajo, y por otro lado, una tendencia opuesta hacia la universalización que encuentra su apoteosis en la tendencia hacia la igualación de la tasa de ganancia. La diferenciación del trabajo es por supuesto desafiada por la apropiación creciente de los saberes obreros, y la igualación de las tasas de ganancia es sin duda contrarrestada por las prácticas innovadoras diseñadas para escapar de la igualación a la baja de las ganancias. Marx enfatiza la falta inherente de equilibrio que caracteriza a las sociedades capitalistas como resultado de esta contradicción y, temporalizando este resultado deriva (en un trazo sin embargo inacabado) una teoría multifacética de las crisis capitalistas.

¿Pero y si en lugar de temporalizar este resultado, lo desplegamos en espacio? ¿Y si, además de la temporalización de Marx, pero en consonancia con ésta, tejemos a través de ella la dimensión espacial de las dinámicas críticas del el capital? La división del trabajo es en gran medida una cuestión espacial. El capital se mueve a lugares específicos donde puede extraer ventajas económicas y realizar tasas de ganancia más elevadas. Incluso si el capital se hallara frente a un mundo completamente homogéneo –el totalmente plano de la oportunidad económica tan cara a los teóricos neoclásicos que encuentra un paralelo en la nota al pie de Marx haciendo abstracción de las diferencias nacionales- los rígidos requerimientos de la acumulación rápidamente conduciría a un desarrollo de ciertas especialidades y condiciones de trabajo, distintos niveles de remuneraciones, diferentes recursos y tecnologías en algunos sitios a expensas de otros. En búsqueda de ganancias y obligado a competir, el capital se concentra y centraliza no sólo en los bolsillos de algunos por encima de los de otros sino también en los lugares de algunos a expensas de los de otros. Integrado a la diferenciación espacial de las rentas, salarios, producción, costos y etc. existen sistemas diferenciados de circulación financiera y de reproducción social, y todos están construidos de varias formas en la geografía del capitalismo. Por supuesto, el sistema no germinó en un llano indiferenciado, pero el punto central es que el cálculo en la geografía física de la santificada ley de la ventaja comparativa de Ricardo, que seguramente tuvo alguna base histórica en diferentes condiciones físicas y climáticas, es en gran medida desplazada a medida que el capitalismo expande su dominio a través de la tierra. La diferenciación de lugares, uno del otro, es cada vez menos una cuestión de locación y dotación natural y crecientemente el producto de la lógica espacial tal como es inherente a este modo de producción según la teoría temporal de las crisis capitalistas de Marx. (No vale nada que esto no es sólo un detalle histórico. El consultor del FMI y crítico Jeffrey Sachs atribuye el subdesarrollo a “un caso de bad latitud (mala latitud)”, y tan fresco determinismo geográfico se ha convertido en una virtual industria casera: ver Sachs 2001, 2005; Diamond 2005; Kaplan 1997).

Por otra parte, la tendencia a la igualación de las condiciones de explotación del trabajo, facilitada en primer lugar a través del sistema financiero que por supuesto circula valor en su forma más abstracta, es igual de real. “El capitalismo es por naturaleza nivelador”, sostiene Marx, ya que “arranca en todas las esferas de la producción la igualdad en las condiciones de explotación del trabajo” (Marx 1967, p 397). Ciertamente, la tendencia universalizadora del capital, que distingue el capitalismo maduro de otros modos de producción, tiende hacia “la aniquilación del espacio mediante el tiempo” (Marx 1973: 539-40).

¿Cómo podemos resolver esta aparente contracción entre tendencias opuestas hacia la diferenciación radical por un lado y una igualmente implacable, competitiva igualación de las condiciones de producción social y reproducción por otro? En la práctica, esta contradicción, interna a la lógica de la acumulación de capital, encuentra su resolución precisamente en el desarrollo geográfico desigual, que establece espacios discretos diferenciados uno del otro y a la vez presiona sobre estos lugares, a través de sus bordes, hacia la homogenización en un solo molde. El desarrollo desigual representa una resolución forzada, y sin embargo impugnada, fija momentáneamente y sin embargo fluida, para esta contradicción central del capitalismo. La tendencia niveladora de este modo de producción continuamente roe a la diferenciación radical de las condiciones de explotación del trabajo, y sin embargo la corrosiva diferenciación de las condiciones de explotación del trabajo también frustra eternamente esta “aniquilación del espacio mediante el tiempo”. La cuestión de las escalas se vuelve absolutamente vital aquí, porque sin un sentido del trazado de la escala es imposible captar la expansión desde la lógica en gran medida temporal de Marx hasta la lógica geográfica inherente en el desarrollo desigual. Puesto de otra forma, si podemos captar la tendencia inherente a diferenciar un lugar de otro, como un impulso del capitalismo per se, ¿qué es lo que constituye exactamente un lugar coherente?

A finales del siglo XX, fue simplemente asumido que la desigualdad del desarrollo en general concernía a la escala nacional. Esta no era una suposición poco razonable considerando que el período dio cuenta de un número creciente de formaciones estatales nacionales en la economía política global. Pero no hay nada inherentemente privilegiado respecto de la escala nacional como unidad espacial de la organización política. Siglos precedentes se caracterizaron por un mayor dominio de las ciudades estado y los reinos, ducados y provincias, condados y cantones, entre otras, y de hecho la división nacional del globo es gemela de la ambición globalizadora (universalizadora) del capitalismo. El Estado nación, de hecho, jugó un rol crucial y a la vez específico en la evolución del capitalismo. Es términos contundentes, a medida que la escala del capital se expandió dramáticamente, las unidades políticas y territoriales de la organización social, cultural y militar heredadas, ya no eran capaces de administrar economías que sobrepasaban los viejos límites. La escala expandida del poder económico requería políticas de mayor alcance para contribuir a organizar el proceso de la acumulación de capital, y recayó en los estados nacionales emergentes la creación de una nueva geografía de condiciones internas más o menos homogéneas –leyes laborales e impositivas, sistemas de transporte, medios de comunicación, sistemas de reproducción social, subsidios al capital, etc. El Estado nacional organizó efectivamente la solución para la contradicción inherente entre la necesidad de cooperación socioeconómica por un lado y la competencia, ahora implantada en el centro de la economía global, por otro. El sistema global de naciones estado representó así una solución territorial para una contradicción político económica, arrojada por la universalización del capital; este sistema ordenó la diferenciación político económica en un sistema global que estuvo más unificado que jamás antes. Luxemburgo estaba completamente en lo correcto al sostener que el capitalismo necesitaba su “afuera” constituyente, pero el sistema de estados nación proveyó las bases para crear ese afuera dentro del capitalismo global.

Aunque la construcción de la escala nacional jugó así un rol de pivote en la evolución temprana del capitalismo, no es excluyente en proferir soluciones territoriales para las contradicciones económico-políticas entre competición y cooperación, diferenciación e igualación, en las sociedades capitalistas. Procesos paralelos operan en otras escalas, igualmente –aunque de modo diferente- insertados y transformados por las necesidades de la acumulación de capital. A lo largo de la historia, la escala urbana ha provisto varias funciones sociales, centralizando no sólo el poder económico sino también militar, religioso, cultural y político. Haciendo foco en el económico, Marx sostuvo una vez que la “base de toda división del trabajo bien desarrollada y producida en la época mercantil, es la separación entre la ciudad y el campo” (Marx 1967:352). Durante un largo tiempo, esta distinción espacial fue mayormente sinónimo de la división general del trabajo entre agricultura e industria, pero en la era de la agricultura industrializada y del eco-turismo global esa distinción funcional es más borrosa. De todos modos, mientras que los niveles salariales y toda una serie de otros costos de producción son cruciales para determinar la desigualdad del desarrollo a una escala nacional, el peso de la renta del suelo se vuelve vital en la escala urbana. Cualquier área metropolitana y su suburbio constituye un mercado laboral geográfico (sino social) singular, y así la organización de las actividades dentro de las áreas urbanas es regulada más acorde a la renta que a los niveles de salarios. Otras escalas geográficas –ya sea el barrio, la región subnacional, o la multinacional- son de modo similar, el producto de relaciones sociales, económicas y políticas específicas. Resumiendo, bajo el capitalismo presenciamos un andamiaje de escalas geográficas que en mayor o menor medida organiza la diferenciación territorial esencial de la acumulación de capital –los medios de delinear, a varias escalas, la construcción del “afuera” del capital adentro– y el flujo del capital a través de los límites.

Podemos por la tanto concebir un correlato espacial de la derivación marxiana de los ciclos capitalistas de expansión y crisis. El capitalismo no sólo genera ciclos temporales de expansión y crisis, sino también ciclos espaciales de desarrollo en un polo y subdesarrollo en otro. El dinamismo de la acumulación de capital convierte esta lógica en algo así como un modelo de expansión capitalista en subibaja (Smith, 1984). En el grado que el desarrollo en una región, nación, área urbana o distrito crea subdesarrollo -desempleo más alto, rentas más bajas, subinversión, etc.- simultáneamente creó las condiciones para una nueva ola de expansión en precisamente esas áreas que estaban subdesarrolladas; a la inversa, las áreas desarrolladas se vuelven susceptibles al subdesarrollo de cara a la competencia con áreas de menores costos. Esta dinámica puede verse mejor en las escalas locales donde los impedimentos políticos al flujo de capital son menores. Así el desarrollo de los suburbios privó a las ciudades del muy necesario capital, pero el consecuente abaratamiento de las ciudades y el envejecimiento del capital concentrado en los suburbios creó la oportunidad para el aburguesamiento de las ciudades[3]. El subdesarrollo intensivo y vicioso de Irlanda bajo los auspicios del imperialismo británico ha sido revertido de forma similar al convertirse ese país en una de las regiones más prósperas de Europa, recientemente superando a su viejo dominador en términos de ingreso per cápita. El Este de Asia, que emergió de la Segunda Guerra Mundial como una región indiscutiblemente del “tercer mundo”, está ahora crecientemente integrada en los circuitos del capitalismo, de la producción y (en algunos casos) del consumo global. Taiwán, Hong-Kong y más recientemente China son emblemáticos de este cambio como también lo son Singapur e India más al Sur. Que este desarrollo es altamente desigual en el seno de estas economías es precisamente el punto y ciertamente es un punto de comparación con las previas, y en muchos casos más limitadas, revoluciones industriales de Europa. Corea del Sur puede ser el caso emblemático: un cuadro de campos de arroz destrozados en los 50s, ahora cuenta con el undécimo PBI más grande en el mundo.

La lógica de la acumulación de capital es espacial tanto como temporal, y el desarrollo desigual es bastante precisamente, sino siempre, el resultado predecible. Los socialistas revolucionarios de comienzos del siglo XX visualizaron esto sólo parcialmente. Trotsky captó la situación geográfica adversa de Rusia, su población esparcida y su “desarrollo económico natural” precapitalista, su clima tanto como su sistema de transporte, y su estado absolutista, como factores de su “atraso”. Cualquiera que fuera el impulso progresivo implicado en las teorías tempranas del desarrollo desigual, fue truncado abruptamente por el estalinismo y por el interés de las élites capitalistas que mantuvieron el foco ideológico en una pueril igualación de las diferencias espaciales con estrechas miras en la escala nacional, incluso cuando, como con Trotsky, el enfoque político era resueltamente internacionalista. Así como los marxistas hoy no quieren saber nada con el tipo de “leyes de la historia” de hierro que marcaron una era más temprana, es vital al mismo tiempo recuperar un sentido de la ordenada aunque siempre maleable geografía de la acumulación a escalas múltiples. O como Trotsky decía, la fuerza de “la ley del desarrollo desigual…opera no solo en la relación entre países entre sí, sino también en los varios procesos dentro de uno y el mismo país”, y sin embargo la “reconciliación de los desiguales procesos económicos y políticos sólo puede ser logrado a escala mundial”.

Que el capitalismo no opera sólo en un nivel plano, y por lo tanto la lógica en subibaja de la expansión geográfica no ocurre en una forma pura, no condena esta teoría del desarrollo desigual más que lo que la asunción irreal de Marx de un solo espacio nacional lo hace con su análisis del capitalismo. El punto, como siempre, es usar la teoría para entender los procesos geo-históricos como están “ocurriendo realmente”.

 

Conclusiones

Así como la forma de dominio burgués difiere entre países “avanzados” y “atrasados”, Trotsky escribió alguna vez, “la dictadura del proletariado también tendrá un carácter muy variado en términos de bases sociales, formas políticas, las tareas inmediatas y el ritmo de trabajo en los distintos países capitalistas”. A lo largo de la mayor parte del mundo en la actualidad, no estamos viviendo en un momento revolucionario o siquiera pre-revolucionario. Ciertamente Perry Anderson sugiere que no encuentra “ninguna oposición significativa” al capitalismo en “occidente”. Aunque este sea el caso, la transición al socialismo, que preocupó a los revolucionarios socialistas un siglo atrás, no es ciertamente el contexto dominante hoy, y nuestra comprensión del desarrollo desigual debe completarse de acuerdo con esto. Una teoría del desarrollo desigual apropiada para la coyuntura presente necesita comprender la lógica capitalista que yace por debajo del “carácter variado” de los lugares, sus “bases sociales” y “formas políticas”.

En búsqueda de soluciones a las contradicciones internas, las sociedades capitalistas crean geografías específicas, y sin embargo estas geografías se vuelven en sí mismas la prisión de las posibilidades sociales, económicas y políticas. Las geografías del desarrollo desigual capitalista contienen bastante literalmente lucha, ya sea en colonias o guetos, imperios o suburbios. Las teorías del desarrollo desigual que se formaron en el primer cuarto del siglo XX visualizaron estas posibilidades al mismo tiempo del propio desarrollo desigual emergía como el sello de la geografía del capitalismo. Como atestigua ampliamente la historia de las revoluciones y luchas de liberación nacional del siglo XX, no hay necesariamente una correspondencia exacta entre niveles y tipos de desarrollo capitalista en un lugar particular y la propensión a la revolución, pero un análisis certero de las posibilidades políticas en el futuro depende de una teoría desarrollada del desarrollo desigual.

 

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[1]Mackinder era difícilmente un simpatizante socialista. Un anticomunista ávido, trabajó dentro de Rusia para la inteligencia británica contra los bolcheviques en 1919

[2] Para una versión más elaborada de este argumento, véase Smith (1984).

[3]NdelT: el autor se refiere al proceso desarrollado en las últimas décadas (especialmente desde los 90s) para recuperar las metrópolis venidas a menos. Ejemplo de esto es el Bronx, que se ha trasformado en una zona lujosa.


Colaboración y traducción de de Esteban Mercatante y Martín Noda

Fuente: Bill Dunn and Hugo Radice, 100 years of permanent revolution: Results and prospects, Pluto press, 2006.

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